Historias de voluntariado – Mailén Gutierrez

Mailén Gutierrez de Cipolletti, Río Negro haciendo el Voluntariado en Chos Malal, Neuquén

MISIONAR LA COTIDIANEIDAD

Soy orgullosamente exploradora argentina de Don Bosco, y creo que eso un poco me define. Conozco a los salesianos desde muy chica, y desde hace 15 años que estoy en el bata 38, mi segundo hogar. Ese lugar me vio crecer, equivocarme, intentarlo, formar quien soy hoy y seguir apostando por mis sueños.

Desde que soy chica que, gracias a mi papá, me intriga y atraviesa lo que es la vida misionera. Gracias a Dios pude tener varias experiencias, desde estar en Aucapan en Junín de los Andes hasta estar en Gan Gan en el centro de la meseta chubutense con los soles. Todo eso vivido hizo que yo dijera que quería ir un pasito más allá y poder dedicar un año de mi vida a la misión, que es donde más feliz y más Mai me siento.

Por gracia de Dios me toco venir a Chos Malal. Cargando una mochila con miedos y preguntas, pero a su vez llena de certezas y alegrías me vine al norte neuquino. Dejar el calor de tu hogar siempre es difícil, pero al estar más que acompañada por mi familia me vine con la certeza de que es Jesús quien me guía cada día en esta vocación misionera.

La Parroquia María Auxiliadora de Chosma es misionera, por lo cual se extiende por gran parte del norte neuquino. No paro de sorprenderme de la cantidad de kilómetros que se recorren los salesianos para poder llevar la palabra de Dios a cada pueblo, a cada capilla e incluso a cada familia. Estoy más que agradecida de poder ser testigo de esta misión y de poder ir aprendiendo y acompañando a cada comunidad. Chosma y la gente del norte neuquino tienen una calidez especial, de esas que no se encuentra en todos lados, de esas que me hacen sentir en un hogar lejos de mi hogar. Desde compartir un mate y una torta frita con una charla de por medio hasta jugar al futbol y al truco, mucho truco. Pude encontrar una comunidad que abraza y sale al encuentro y me alegra poder ser parte. 

Y así, con las 3 palabras del principio es como yo estoy decidiendo vivir día a día mi voluntariado. Desde la magia de lo cotidiano, desde lo que se va viviendo en cada hogar, en cada capilla y en cada pueblo. Hoy con total seguridad puedo decir que Dios está en cada persona que visitamos, en cada familia que nos recibe con las puertas abiertas, en cada comunidad. También está en cada juego con los pibes del bata, en cada charla con Piwkenyeyu, en cada catequesis y comida en el patio.

Ser misionera para mí es un poco eso, acompañar la cotidianeidad de cada persona que Dios nos invita a conocer, escuchar la historia de cada familia y habitar las costumbres de cada comunidad. Como dije hace un tiempo, la vida misionera es hermosa y vale la pena atreverse a vivirla.

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