Por Pedro Narambuena SDB
A lo largo del año, los misioneros salimos al encuentro de los pobladores en las zonas rurales. Cada visita es un momento luminoso: el saludo, con la sonrisa plena en el rostro, es la primera expresión de esa alegría compartida. En el campo, la llegada de un visitante siempre es bien recibida; y cuando no es la primera vez, se va entretejiendo con más fuerza una fraternidad sobria y sincera. Sin apuro, el mate entra en la rueda y van surgiendo la conversación y los recuerdos.
Tras varios meses de andar de puesto en puesto, nació el deseo de reunirnos todos. Elegimos como punto de encuentro un camping del Parque Nacional Laguna Blanca. Dialogamos con los vecinos, a quienes les entusiasmó la idea, y nos acercamos al personal del parque y a la Lonco Viviana. Todos se sumaron con gusto. Así llegamos al sábado 31 de octubre, día en que celebramos lo soñado.
Preparamos todo para compartir. Queríamos ser nosotros los anfitriones, devolviendo en parte la inmensa hospitalidad con la que nos reciben en nuestro andar peregrino. Comenzamos amasando las tortas fritas: mientras alguien armaba el mechero y otro buscaba la grasa, el mate no dejaba de circular.
Un poco más allá se prendía el fogón. A pesar de que hacía tiempo no ponía un vacío al asador, entre todos fuimos superando los desafíos. Mientras llegaban los vecinos y se armaba la ronda, la carne se iba acomodando al fuego entre memorias de otros tiempos. En un rincón preparamos la mesa: mantel blanco, una vela encendida y todo dispuesto para el momento central. Las guitarras despertaron sus armonías, sumando su canto al de los gorriones y jilgueros.
Celebramos la fecundidad de la vida y la presencia cercana de Tata Dios. Bendijimos a las familias trabajadoras del campo, dimos gracias por la parición de las majadas y pedimos por una buena crianza. Compartimos la Palabra a través de las lecturas del Éxodo —recordando el paso liberador de Dios—, el Salmo 22 del Buen Pastor y el Evangelio según San Juan: un Padre que cuida y acompaña cada uno de nuestros pasos. En la reflexión, los vecinos tomaron la palabra para expresar el valor de encontrarnos, de trabajar unidos y de volver a celebrar la Misa después de tanto tiempo. Las plegarias y el canto se elevaron junto al aroma del asado que se iba dorando.
Al terminar la celebración, nos dispusimos a disfrutar del almuerzo. Como gente de raíces gauchas, no faltó el folclore ni la alegría de cantar juntos. En ese clima festivo, compartimos también un sorteo de regalos donde todos se llevaron un mimo al corazón.
Damos gracias por cada vecino y por cada vecina, y por este primer paso, que nos fortalece en la comunión y alimenta nuestra esperanza.









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