Para entender quién fue el P. Ángel Zaragoza para los vecinos de Zárate (especialmente en los barrios 25 de Mayo y Villa Massoni), hay que imaginarse a un hombre que no solo hablaba de fe desde el altar, sino que la vivía en el día a día, compartiendo la misma realidad que su pueblo.
Ángel Zaragoza fue un verdadero sacerdote comprometido. No se limitaba a su tarea pastoral: trabajaba en una fábrica, compartiendo las mismas jornadas laborales, los mismos sacrificios, preocupaciones y esperanzas que los obreros de la zona. Su fe caminaba junto al pueblo.
Su cercanía y su profunda vocación de servicio fueron el motor para el nacimiento de instituciones fundamentales que marcaron para siempre la identidad de lo que antes era Villa Ciriaco (hoy barrio 25 de Mayo) y Villa Massoni. Gracias a su impulso nacieron el Centro Social Juan XXIII, la Escuela N.º 12, un Jardín de Infantes de la zona, la actual Capilla San Alfonso (Obra Don Bosco)
Más allá de los ladrillos y las instituciones, los vecinos lo recuerdan como alguien que formó parte de sus historias más íntimas y personales. Fue quien le dio la Primera Comunión a cientos de chicos, quien bautizó a los hijos de los vecinos, casó a parejas y estuvo presente con una palabra de aliento y compañía en los momentos más difíciles de la comunidad.
La vida de Ángel también estuvo marcada por las heridas de la última dictadura cívico-militar en Argentina. Debido a la persecución política, tuvo que dejar el sacerdocio y partir al exilio. En esa nueva etapa formó una familia junto con Susana, su compañera de vida, con quien tuvo tres hijos.
A pesar de la distancia y los cambios personales, sus valores de solidaridad, compromiso con los trabajadores y ayuda a los sectores más vulnerables nunca cambiaron. Al exiliarse en España, transformó el dolor de estar lejos de su patria en más trabajo comunitario.
Ángel Zaragoza falleció en el año 2024. Y el 14 de junio de 2026, al cumplirse 50 años del inicio de la dictadura, sus vecinos y seres queridos descubrieron una placa conmemorativa en la fachada de la Capilla San Alfonso. Un testimonio permanente de gratitud para un hombre que, por sobre todas las cosas, ayudó a construir comunidad.






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