Historias de voluntariado – Delfina Del Valle Guardese

Delfina Del Valle Guardese de Bahía Blanca haciendo el Voluntariado en Victorica La Pampa.

LA VIDA PASA POR OTRO LADO

Qué fuerte empezar un texto con estas palabras, ¿no?

Sin embargo, siento que es la manera que voy encontrando de comprender un poco más por qué estoy acá. O, mejor dicho, por qué Dios me ha elegido como instrumento: para enseñarme algo y para dejar algo de mí en los demás. Siempre me gusta decir que “Dios nos cría y Don Bosco nos amontona”.

Tengo una posibilidad inigualable de ser instrumento desde mi casa de origen, donde me enseñaron que ser profesional no consiste solamente en obtener un título. El verdadero sentido lo otorga el “¿para qué?”, pero, sobre todo, el “¿para quiénes?”.

Me gusta pensar al Oeste Pampeano como su árbol característico: el caldén. Un árbol de raíces profundas, de agarre firme, capaz de brindar sombra y resistir los climas más adversos. Algo de eso sucede aquí. Hay una fortaleza silenciosa que sostiene, cobija y acompaña.

Esta experiencia me interpela constantemente. Desde que inicié este camino, hace ya algún tiempo, vengo repensando distintos aspectos de mi vida. Durante mucho tiempo me pregunté: ¿a qué me llama Dios?

Hoy, esa pregunta sigue presente, pero se ha transformado en muchas otras que me invitan a navegar esta experiencia con mayor profundidad. En ese camino, me acompañan las palabras del salesiano Antonio Patriarca: “Encontré un modo de poner en juego todos los talentos que Dios me había dado”.

Al encontrarme con la comunidad, pude comprender que cada persona, desde su manera de ser y de hacer, cumple un papel fundamental en la construcción comunitaria. Allí descubrí que el acompañamiento a niños, niñas y jóvenes no se vive únicamente desde la planificación, sino también desde la experiencia cotidiana y el trabajar  en territorio.

La confianza, el compartir un mate, la presencia sencilla y constante van abriendo puertas para acompañarnos mutuamente. Esto sucede en el Movimiento Mallinista, en Piedra Libre, en la escuela o en los “viernes de cena” en el Oeste Profundo. Son espacios distintos entre sí, pero unidos por algo esencial: el encuentro.

Y es justamente allí, en esos encuentros, donde para mí habita Dios. En la comunidad, en los vínculos, en las historias compartidas y en las pequeñas cosas de cada día.

Con el paso del tiempo voy descubriendo esos “guiños” de Dios. Aunque al principio me invadían la duda y el miedo frente a lo desconocido, esos sentimientos se fueron disipando al sentirme parte de un equipo y de una comunidad que camina junta.

Ser voluntaria misionera es, para mí, una forma de mostrar que realmente la vida pasa por otro lado. Pasa por el encuentro, por el servicio, por la comunidad y por la posibilidad de poner nuestros talentos al servicio de los demás.

De eso no tengo ninguna duda.

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