El otoño en la Patagonia suele ser fresco, pero el jueves 21 de mayo el calor humano de la familia salesiana de General Roca-Stefenelli lo cambió todo. Desde temprano, el patio del Colegio San Miguel comenzó a poblarse de risas, miradas cómplices de los docentes y, sobre todo, de manos pequeñas que sostenían con cuidado flores de todos los colores. Se respiraba ese clima de fiesta tan propio de los patios de Don Bosco. Es que no era un día cualquiera: era el día de llevarle “Flores a María”.
A la señal de partida, la procesión comenzó a avanzar desde el colegio. Resultaba conmovedor ver la hilera interminable de estudiantes de jardín y primaria, maestras, directivos y familias caminando juntos. El aire de Stefenelli se llenó con los acordes de “Por eso estamos aquí”, el himno a Don Bosco que el animador de pastoral cantaba con el alma, contagiando a cada paso. Cruzando la calle, el destino final esperaba: el Santuario María Auxiliadora, de Stefenelli.
Antes de ingresar, la comunidad se detuvo al pie de la monumental imagen de la Virgen. En un momento de silencio y asombro, un dron surcó el cielo para capturar una postal aérea que quedará en la historia del colegio: cientos de rostros mirando al cielo, cobijados bajo el manto de su Madre del Cielo.
Una vez adentro, con cada sala y grado ubicados en sus lugares destinados, el misterio y la emoción se adueñaron del templo. El altar se convirtió en el epicentro de los gestos más puros. Estudiantes de nivel inicial y de primer ciclo se acercaron para ofrendar las “capillitas viajeras” con la Virgen, que recorren los hogares llevando consuelo, cosechando agradecimientos y uniendo a las familias en la oración.
Inmediatamente después, llegó el momento del canto “Para celebrar tu día”. Mientras las voces infantiles resonaban en las paredes del santuario, los niños fueron depositando sus ramos. En pocos minutos, María quedó literalmente rodeada de un mar de flores multicolores. La belleza visual competía con la pureza de la entrega.
El momento culminante de la oración llegó cuando una estudiante de 4.° grado, caracterizando con dulzura a María Auxiliadora, ingresó al templo de la mano de los estudiantes de 7° grado. Juntos portaban un rosario misionero gigante, confeccionado con flores que representaban los colores de los cinco continentes. Con María en el centro del rosario, la palabra tomó fuerza: estudiantes apostados en cada color leyeron con claridad las intenciones de paz por el mundo. Tras cada color, la comunidad unida en un solo latido rezó el Ave María y coronó el momento cantando el Padre Nuestro, dejando ese rosario de vida sobre el altar.
Luego, el P. Emiliano Velasco tomó la palabra. Con una calidez que atrapó niños y niñas, leyó el pasaje evangélico de las Bodas de Caná. Su reflexión dejó una huella profunda en cada familia, docente y estudiante a través de un gesto muy sencillo pero potente: invitó a todos a hacer la señal de la cruz sobre el pecho para “abrir el corazón y escuchar con el corazón”. ¿Qué nos pide María? Que creamos en Jesús. Y una frase del sacerdote quedó resonando en el templo como un eco salesiano: “Si hacemos lo que Jesús nos dice, siempre estaremos de fiesta y alegres”.
Fieles al mandato de Don Bosco de ser “buenos cristianos y honrados ciudadanos”, la fe se hizo acción. La niña que representaba a María acercó al altar una canasta con alimentos destinados a la “Olla de San Cayetano”, sumándose a las numerosas cajas de alimentos no perecederos que la comunidad del colegio recolectó con tanto amor para apoyar esta iniciativa. El proyecto nació el 3 de octubre de 2025 de la mano de un grupo de catequesis de padres de 2.° año de la capilla San Cayetano, quienes todos los viernes cocinan allí y trasladan la olla caliente al andén del tren, en General Roca, para brindar una cena a personas en situación de calle. Lo que empezó con apenas 12 porciones para 8 personas se transformó en un verdadero milagro de multiplicación, al punto de que el viernes 22 de mayo llegaron a repartir 140 porciones a más de 50 hermanos. Las donaciones del colegio serán el combustible para que esa olla siga encendida.
Hacia el final, el P. Emiliano bendijo el agua. En un rito profundamente participativo, toda la asamblea extendió sus manos, con la palma abierta y orientada hacia las fuentes, sintiéndose parte activa de esa gracia. Mientras se cantaba “María Auxiliadora”, las gotas de agua bendita salpicaron los rostros sonrientes de grandes y chicos.
El cierre fue a pura energía. Cada niño tomó dos porras de colores y, con una coreografía ensayada con entusiasmo, estalló el canto “María, María”. El santuario se transformó en una fiesta de movimiento, color y alabanza.
El regreso al colegio se hizo con el corazón y el alma encendidos. En General Roca, la primavera de la fe floreció en pleno mayo de la mano de los más chicos, recordándonos a todos que, bajo la mirada de María Auxiliadora, la vida siempre es una fiesta.






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