Digo que Juan Bosco vive

Buenos Aires, 31 de enero de 2026.

Queridos hermanos, queridos amigos

Estamos celebrando la fiesta de nuestro Padre Don Bosco y quiero aprovechar esta oportunidad para saludarlos y para desearles que sea una ocasión de renovar nuestro compromiso con sus sueños. Aquí estamos sus hijos en la Argentina Sur, 150 años después, con la misma pasión, con el compromiso a flor de piel, queriendo ser testigos del Evangelio entre los jóvenes más pobres.

Aquí estamos, no sólo sosteniendo los sueños de nuestro Padre, sino también como herederos de aquellos diez primeros misioneros y de tantos que, en estos 150 años, han sido capaces de entregar su vida con inmensa generosidad y con el arrojo que solo el espíritu de Dios puede inspirar.

Permítanme aprovechar esta última circular que les dirijo como inspector para agradecerles la cercanía, la comprensión y el cariño que me han dispensado en estos años. Agradezco de corazón tantos gestos fraternos, cercanos, de comprensión y de ternura, que siempre he sentido desproporcionados a cualquier mérito de mi parte. Los he aceptado con la gratuidad con que se acepta el amor. Precisamente lo grandioso de sentirnos amados, su belleza, no está en que tengamos mérito alguno, sino en que viene a nosotros como don, como regalo. La experiencia más radical de amor gratuito es la que experimentamos de Dios y, en ella, la de tantos como ustedes, cuyos gestos siempre agradeceré inmensamente.

Soy consciente también de mis límites, incluso de mi pecado. Por eso, no sería honesto si desaprovechara esta ocasión para pedirles perdón. Muchas veces he podido hacerlo en el momento adecuado, pero otras, por amor propio o por no percibirlo a tiempo, no he tenido la valentía de hacerlo. A todos, de corazón, pido perdón si los he ofendido, si he generado alguna herida o si no he estado a la altura de la responsabilidad que la Congregación me encomendó. 

Quería también que esta última circular, en la fiesta de nuestro Padre, me permitiera compartirles una síntesis de la experiencia de estos años. ¿Qué me queda en el corazón después de estos seis años de servicio a nuestra querida Inspectoría? ¿Qué queda después de recorrer tantas veces su inmensa geografía, de ser testigo privilegiado de múltiples actividades, de variados servicios y de enormes desafíos? Buscaba una imagen que me permitiera trasmitirles lo que difícilmente un concepto pueda resumir, cuando recordé la canción de Eduardo que en los meses del CG 29 rezaba a menudo ante la tumba de nuestro Padre en Valdocco. Volví a rezarla en estos días y percibí con claridad que esas palabras, inspiradas en una homilía del padre Fernando Peraza, eran como la síntesis, el núcleo de mi experiencia de estos años.

¿Qué he visto en estos seis años? ¿De qué he sido testigo en geografías tan diferentes y en obras tan distintas?

¡Seguidores que son puro amor y fe y sacrificio! Ellas y ellos: todo de los jóvenes, todo de Cristo… Como el padre Bosco, se conmueven hasta lo más íntimo y se comprometen hasta el dolor del joven caído. 

Por eso, Don Bosco está vivo. He podido percibirlo cientos de veces en cada rincón de la Inspectoría. Aquí está nuestra única riqueza: Da mihi animas caetera tolle. Cientos de consagrados y laicos vibran por esta pasión que recibimos, a través de nuestro Padre, como un regalo del Espíritu. Allí estamos poniendo el corazón, con creatividad inmensa, con entrega generosa, con pasión desmedida. 

He podido percibirlo también en la risa contagiosa de chicos y chicas en nuestros patios, en la fe inquebrantable de gente sencilla en nuestras parroquias y capillas, en el compromiso que se sostiene con esperanza perseverante en aulas y talleres de nuestras escuelas, en la entrega generosa en los voluntariados, en los oratorios, en experiencias de servicio, en el MJS… Y podría hacer una lista interminable.

Esta es, quizás, la certeza más fuerte y la más hermosa que me queda de estos años y que les agradezco inmensamente.  Ahora le pido prestada nuevamente a Eduardo y al padre Peraza su fina sensibilidad y la belleza de sus palabras:

Digo que Juan Bosco vive y ha emprendido mil asuntos. ¿No ves su celo de padre actuando ahora en todo el mundo? ¿Y no oyes cantar su canto a tantas hijas, tantos hijos, que de ese padre que amamos tienen rasgos parecidos? 

En esta carta, que quiere ser un inmenso gracias a todos, permítanme ahora, aun a riesgo de ser injusto, agradecer a algunos en particular.

Gracias al consejo inspectorial por su enorme generosidad y su trabajo, por su compromiso sincero en bien de todos. Me he sentido muy acompañado por cada uno de los consejeros y he sido testigo de su extraordinaria preocupación por toda la Inspectoría. Junto con el consejo gracias a todos los equipos inspectoriales cuyo trabajo he admirado y valorado.Un gracias especial al padre Osvaldo Braccia, que ha compartido conmigo el gobierno de la Inspectoría con cercanía fraterna y con gestos extraordinarios de hermano. Gracias también al padre Gabriel Doddi y al hermano Agustín Camilletti, por su trabajo, no sólo de mucha entrega sino también de mucha calidad. 

Gracias a cada uno de mis hermanos salesianos. Siempre había percibido su entrega admirable. Pero en este servicio he sido testigo de que muchos de ellos son verdaderos santos. Ahora quiero agradecerles no solo la apertura de su corazón, sino también el testimonio de su vida, que me ha conmovido y desafiado. Gracias especialmente a mis hermanos mayores, que me enseñaron que la vida se entrega hasta el fin. Muchos de ellos me hablaron de su preparación a la muerte con una serenidad que sólo tienen los que están en paz con la vida y con inmensa confianza en el Dios de la vida. Gracias también a los salesianos jóvenes, en formación inicial. Su entusiasmo y su compromiso con los sueños de la vida consagrada salesiana no dejan de estimular mi vocación de consagrado.

Gracias a los directores y directoras que animan cada una de nuestras casas, más de sesenta en toda la extensa geografía inspectorial. Gracias por su identidad salesiana, por su entrega que no conoce horarios y que tantas veces es fruto de un enorme sacrificio. ¡Gracias de corazón!

Y el último es el más importante: Gracias a los miles de jóvenes con los que me he encontrado en cada una de nuestras casas. En sus miradas, en sus búsquedas, en sus vidas, nosotros entendemos quiénes somos y para qué estamos. En ellos, nuestra consagración encuentra su sentido, porque en ellos nos está esperando Dios.

Queridos hermanos y amigos ahora la animación queda en las manos del P. Manolo. No repetiré lo que ya dije cuando comuniqué su nombramiento. Solo decirle gracias por su sí generoso y por su entrega desinteresada. Conozco a Manolo desde hace muchos años y estoy cierto de sus condiciones humanas y de su identidad de religioso. Estoy seguro que toda la inspectoría lo acompañará y que hará un bien inmenso a todos.

Termino deseándoles un feliz día de nuestro Padre Don Bosco. Que su fiesta renueve nuestro entusiasmo y nuestro compromiso.

Y, para finalizar, pido prestadas nuevamente las palabras a Eduardo, que con sabiduría de poeta dice: 

No murió, el padre vive, siempre estuvo y sigue estando. Él, que fue curándonos de abandonos y orfandades, malos rumbos, soledades, que nos iba transmutando… ese ángel del abrazo, que anduvo por nuestras calles. 

Te pareces a Don Bosco si amas con ese amor claro: coraje confiado, amor como cuando eras un muchacho, con frescura y sin arrugas. Por favor, no digas nunca que él murió, pues vive cuando son así sus salesianos. 

Les dejo un abrazo. 

P. Darío Perera
Inspector

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