“Porque no solo anunciamos a Jesús con palabras, sino también con la forma en que vivimos entre nosotros y con todos”. Esta frase la dice Emiliano Arruabarrena, el joven diácono salesiano que el sábado 9 de mayo, a las 18, en el Santuario del Sagrado Corazón de Jesús, de Villa Luzuriaga, será ordenado sacerdote por la imposición de manos del Padre Obispo Juan Carlos Romanín SDB.
Sobre su lema sacerdotal —“Si Tú lo dices, echaré las redes” (Lc. 5, 5)— afirma: “Echar las redes en nombre de Jesús, para mí, es eso: animarme a dar pasos que no siempre están asegurados, pero que valen la pena porque vienen de Él”.
A días de su ordenación, Emiliano conversó con donboscosur sobre el amor por su familia, sobre las inquietudes que tuvo que resolver para llegar a su vocación a la vida consagrada, sobre la vida religiosa en comunidad y sobre otros temas más que permiten conocer un poco más a este joven.
¿En qué momento de tu vida se te representó la posibilidad de ser sacerdote? ¿Sentís que hubo alguna circunstancia, acontecimiento, persona, que haya tenido un peso particular en el surgimiento de este llamado?
La verdad es que, mirando hacia atrás, siento que la posibilidad de ser sacerdote no apareció de golpe, sino que fue creciendo poco a poco. En mi familia siempre se respiró un aire profundamente creyente, de una fe sencilla y concreta. Mis nonnos (Rosa y Juan), mi abuela (Raquel), mi mamá (Rosa) fueron personas que me enseñaron, casi sin palabras, que Dios forma parte de la vida cotidiana. Recuerdo que mis nonnos tenían estampas e imágenes de santos por todos lados; que mi abuela iba a misa todos los domingos y que rezaba antes de comer; que mi mamá me enseñó a confiar en Dios cuando yo me sentía mal y que leía la Biblia todas las noches.
Y en ese mismo clima, también estuvieron muy presentes mis tíos (Rosa, Daniel, Patricia y Nicolás) que siempre estuvieron vinculados a la obra salesiana de La Plata. De algún modo, la vida salesiana no era algo externo a la familia, sino algo que también circulaba por casa, en los vínculos, en las conversaciones, en todo lo compartido.
En simultáneo a esto, mi historia estuvo muy marcada por la presencia de los salesianos en La Plata. Mis hermanos Juan y Federico son exalumnos y yo también hice la primaria en el Colegio San Miguel. Y ahí pasó algo muy fuerte: los salesianos que conocí no eran “figuras lejanas”, sino personas muy cercanas, profundamente humanas, felices y normales. Me acuerdo del P. Eugenio Rollheiser, del P. Rafael Mañas, del Hno. Tito Rossi, del P. Cayetano Castello. Estaban siempre en medio nuestro, compartiendo los recreos, acompañándonos en los Buenos Días. Y eso me marcó mucho.
Por eso, en ese contexto de familia y de colegio, “ser sacerdote” nunca fue algo extraño o inalcanzable. Era, simplemente, una posibilidad más entre tantas. Porque ellos eran felices. Y creo que ahí hay algo muy importante: cuando uno crece viendo la fe vivida con alegría y naturalidad, el llamado de Dios no aparece como algo raro, sino como algo posible. En todo esto, mi mamá tuvo un papel clave. No solo por el respeto enorme que siempre tuvo por mi libertad, sino por su testimonio silencioso: una mujer que me enseñó, con la vida, lo lindo que es estar para los demás y confiar en que, con Dios, siempre se puede dar un paso más.
Cuando llegó la adolescencia y el momento de elegir qué hacer con mi vida, esa posibilidad apareció con más claridad… pero yo la descarté enseguida. En ese momento pensaba que la “vida de verdad” iba por otro lado: estudiar una carrera, trabajar, formar una familia, viajar… Y sentía que todo eso no era compatible con la vida salesiana. Entonces no me di tiempo ni siquiera a escuchar esa inquietud: la corté de raíz y me embarqué en ese camino.
Lo que no sabía en ese momento es que Dios es paciente… y que, cuando algo viene de Él, tarde o temprano vuelve a hacerse escuchar.
¿Qué pasó?
Varios años después, cuando ya tenía una carrera avanzada, un trabajo estable y la vida bastante “encaminada”, algo empezó a inquietarme. En apariencia estaba todo bien: en el trabajo me iba bien, en el estudio también, en mi familia todo marchaba, estaba de novio… pero había algo que me faltaba. Al principio no sabía ni cómo nombrarlo, pero pensé que se habían cumplido algunos ciclos. Incluso evalué cambiarme de sector en el trabajo, pero me fui dando cuenta de que la cosa no iba por ahí. Era una sensación difícil de explicar, pero muy concreta, y esa inquietud se serenaba cada vez que entraba en la parroquia. Ahí el tiempo parecía detenerse, el cansancio se iba y podía quedarme durante horas (recuerdo que mi mamá me preguntó, un día, si no quería llevarme la cama para la parroquia… ja, ja, ja).
Esa inquietud, ese sentimiento, ese “algo” que sentía se fue aclarando gracias al acompañamiento paciente de un amigo entrañable, el P. Hugo Izurieta. Él no me dio respuestas, pero sí una pregunta que me cambió todo, hecha en el momento justo y con un respeto enorme por mi camino: “¿Y si esto que vivís acá lo pudieses vivir todos los días de tu vida, para siempre?”. Esa pregunta me desarmó. Y abrió un proceso de amistad muy profunda, de tiempo compartido y de mucha complicidad con el P. Hugo. En él encontré a alguien con quien podía mostrarme sin máscaras, tal como soy: desarmado de las expectativas de los demás, con miedos y dudas, pero también con un deseo muy hondo de vivir algo distinto para mi vida. Fueron casi dos años de discernimiento desde el punto de vista espiritual, pero también en un espacio terapéutico —quería estar seguro de no “estar loco”, ja, ja, ja—; más allá del chiste, quería escuchar lo que me pasaba por dentro, revisar las motivaciones, lo que me llevaba realmente a tomar esta decisión, asegurarme de que no viniera a tapar otra cosa, como la necesidad de escaparme de algo… hasta que todo fue tomando forma. Y acá estoy.
Cuando ingresaste a la Congregación ya tenías la vida bastante “armada”. ¿Cómo fue el proceso de ir dejando atrás tus espacios, tus afectos y lo que estaba en marcha?
Durante mucho tiempo estuve muy cómodo. Al menos eso me parecía. Pero el Espíritu “sopla donde quiere” y, cuando sopla de verdad, te desinstala.
Mentiría si dijera que fue un proceso fácil. Hubo muchos miedos y muchas preguntas. Tal vez lo que más me costó al inicio fue pensar que podía estar equivocado: que todo esto fuera un “fogonazo”, algo pasajero, y que el precio de seguirlo fuera dejar cosas que ya tenía armadas, que eran buenas y que me hacían feliz: los vínculos, una carrera avanzada, hobbies, un trabajo de seis años.
Estaba frente a la necesidad de tomar decisiones concretas. Una de ellas fue estar dispuesto a perder la cotidianeidad con mi familia y con mis amigos. En el fondo sabía que eso no iba a cambiar el vínculo, pero sí me dolía pensar que me iba a perder el crecimiento de mis sobrinos, los cumpleaños, las fiestas familiares. Soy muy familiero; amo estar con mi familia. En definitiva, aunque sabía que el vínculo de amor no se iba a romper, también sabía que implicaba perderme ciertas cosas y no estaba seguro de cómo me iba a impactar eso. Además, cuando me fui a vivir a Casa Emaús, en Bahía Blanca, mi abuelo estaba muy enfermo, y eso fue difícil para mí.
Otra de las decisiones fue terminar una relación de noviazgo de varios años. No porque lo vivido hubiera sido malo, sino porque empecé a descubrir que estaba llamado a una forma distinta de amar. No dejé de amar; de hecho, siento que hoy amo más profundamente. Pero no desde la exclusividad de un proyecto de pareja, sino con un corazón que busca ser más amplio, más disponible, más entregado a todos. Y así me sentí (y me siento) llamado a vivir los vínculos.
Dejar el trabajo no me costó mucho. No porque no me gustara, al contrario: hasta el día de hoy guardo los mejores recuerdos de mi paso por ahí, de los vínculos construidos, de las risas, de las oportunidades que me dieron. Pero también sabía que, si algún día volvía a La Plata y tenía que buscar trabajo, no me iban a faltar oportunidades. Con el estudio me pasaba algo parecido: podría retomarlo más adelante. No era algo definitivo. De todos modos, mi corazón estaba lleno de dudas.
¿Y cómo fuiste transitando esta experiencia?
Con el tiempo fui entendiendo que la duda no se iba a resolver solo pensando, sino animándome a dar un paso. A hacer la experiencia. A lanzarme “mar adentro”, sin todas las seguridades, pero con la confianza de que, pasara lo que pasara, estaba buscando en serio mi vocación, es decir, el modo concreto de vivir una vida con sentido, en sintonía con el sueño de Dios. Y en su palabra eché las redes.
Algo muy fuerte que fui descubriendo es que, en realidad, no perdí nada. Todo lo vivido me trajo hasta acá. Cada experiencia, cada vínculo, cada etapa fue preparando el camino. Mis afectos siguen estando, siguen siendo parte de mi vida, aunque a veces la distancia sea grande. El amor, cuando es verdadero, no se pierde: se transforma, se ensancha.
Por supuesto que tuve que elegir. Pero la vida es eso: un elegir constante. Y en mi caso no fue optar entre algo bueno y algo malo, sino entre dos cosas buenas. Ahí estuvo la dificultad, y también la seriedad del discernimiento. Elegí aquello que hoy le da más plenitud a mi vida de todos los días.
Y creo que no hay nada más lindo que eso: encontrar el lugar donde uno siente que puede dar la vida con alegría. En mi caso, es siendo salesiano. Pero esa búsqueda es para todos. Cada uno está llamado a encontrar su propio camino, ese donde el corazón se ensancha y la vida cobra sentido.
Padre – Maestro – Amigo. ¿Cuál de las tres palabras sentís que es tu lugar más naturalmente seguro para sostener a los jóvenes?
En todo este tiempo de vida salesiana, siento que fui haciendo experiencia de estas tres dimensiones que son tan propias del modo de ser de Don Bosco. Y también fui descubriendo que no se pueden separar del todo, sino que se necesitan mutuamente y se enriquecen entre sí.
Sin embargo, en este último tiempo de cierres, cambios y sueños, hay una que me viene resonando con más fuerza: la dimensión de la amistad. Y creo que no es casual. Tiene mucho que ver con la imagen de Dios que voy descubriendo y en la que intento apoyarme. Porque Dios no es alguien lejano, frío o distante. Dios es amor. Y ese amor, en la vida concreta, muchas veces toma forma de amistad: de cercanía, de presencia, de alguien que camina con vos, que te escucha, que te conoce por dentro y te quiere como sos, de acompañamiento. Sin máscaras. Sin fingimientos. Y por el solo hecho de ser amigos.
La síntesis teológica que tuve que hacer para concluir el estudio del Bachillerato en Teología me ayudó mucho a esto. Porque Jesús mismo vivió así. No se presentó solo como maestro o como guía, sino también como amigo. Un amigo que comparte la vida, que se alegra, que se conmueve, que está.
Y desde ahí, siento que hoy mi lugar más “natural” para estar con los jóvenes pasa mucho por ese vínculo de amistad. No una amistad superficial, sino una amistad que se anima a ir en serio, que acompaña, que dice la verdad cuando hace falta, que sabe esperar, que está en los momentos buenos y en los difíciles, en un vínculo permanente de ida y vuelta, de verdadera reciprocidad.
Después, claro, aparecen también las otras dimensiones. Hay momentos en los que toca orientar, enseñar, aconsejar, y ahí aparece el “maestro”. Y hay otros donde uno cuida, sostiene, contiene, y aparece el “padre”. Pero, como verán, no hay algo que sea propio de una sola dimensión. Porque un amigo también orienta, cuida; y un padre también acompaña y enseña.
Sin embargo, si todo eso no está atravesado por un vínculo de confianza y cercanía, se vuelve más difícil. Por eso hoy siento que la amistad es como la puerta de entrada: el lugar desde donde todo lo demás puede crecer.
Don Bosco no llegaba primero como autoridad, sino como alguien que se acercaba, que se interesaba de verdad, que generaba vínculo. Decía Don Bosco (en boca de Valfré) en la carta de Roma de 1884: “la familiaridad engendra afecto, y el afecto, confianza. Esto es lo que abre los corazones…”. Es desde allí donde Don Bosco transformaba vidas. Desde la amistad. Y es el modo en el que me siento llamado a vivir mi ser salesiano sacerdote: como amigo de Jesús, como amigo de los/as jóvenes y de las personas que vaya poniendo en el camino de la vida.
¿Qué importancia sentís que tiene la vida comunitaria en la vida de los salesianos para la misión?
En mi historia personal siento que la vida comunitaria es como una prolongación de la experiencia de familia. Es un lugar donde se comparte la vida, lo cotidiano, lo simple y, también, lo más profundo.
Por supuesto que no es ideal. Como en toda familia, tiene sus desafíos. Nosotros no elegimos con quién vivir, sino que nos “toca” en virtud del voto de obediencia. Pero estoy convencido de que, si nos quedamos solo en que “nos toca”, nos perdemos (y lo que es peor: les hacemos perder a otros) la riqueza enorme que tiene la vida comunitaria.
Porque detrás de la obediencia no hay solo una organización práctica para las comunidades; hay una fe en que es el Espíritu el que va tejiendo los vínculos, el que nos reúne, el que nos desafía a salir de nosotros mismos. Y ahí empieza lo más lindo y también lo más exigente: aprender a convivir, a aceptar al otro como es, a crecer juntos, a pedir perdón, a volver a empezar.
Para mí, la vida comunitaria no es solo “convivir”, sino construir fraternidad. Y eso lleva tiempo, paciencia y mucha disponibilidad interior. En lo personal, la vida comunitaria me ha regalado grandes amigos, hermanos a los que quiero mucho.
Además, creo que esta opción de vida tiene una importancia enorme para la misión. Porque no somos enviados solos, sino como comunidad. Los jóvenes no solo escuchan lo que decimos, sino que miran cómo vivimos. Y una comunidad que se quiere, que se respeta, que comparte la vida, que elige estar junta es, en sí misma, un anuncio.
La vida comunitaria no es solo algo “hacia adentro de la comunidad religiosa”. Es el modo de vínculo que estamos llamados a vivir también hacia afuera: con los jóvenes, con las comunidades que acompañamos, con cada persona.
Es como una forma de relacionarse, de estar, de construir con otros…
No se trata solo de vivir en comunidad, sino de generar comunidad. Porque “nadie se salva solo”, como nos hizo ver con tanta claridad el Papa Francisco.
Creo que hoy la vida comunitaria tiene un valor muy fuerte: mostrar que es posible vivir de otra manera. Que es posible construir vínculos sanos, reales, donde cada uno es distinto, pero donde todos tiran para el mismo lado, al ritmo de cada uno. Superando todo individualismo y fragmentación.
No siempre sale perfecto, claro. Pero justamente ahí está el signo: en volver a intentarlo, en seguir apostando por el otro, en no soltar. El P. Carlos Pomar siempre cuenta que el signo que lo hizo plantearse la pregunta sobre la vida salesiana fueron hermanos salesianos que, cuando él era alumno de la Escuela Agrotécnica Salesiana de Uribelarrea, se peleaban y discutían delante de los alumnos. Luego, delante de ellos mismos, sabían pedirse perdón. Y es así. Ahí está la clave. Porque no solo anunciamos a Jesús con palabras, sino también con la forma en que vivimos entre nosotros y con todos.
Si alguna vez nos animamos a echar las redes es porque Él nos “atrapó” primero. ¿Qué significa para vos “Echar las redes en nombre de Jesús” y qué de Él es lo que más te convoca para renovar esa entrega cada día?
“Si Tú lo dices, echaré las redes” (Lc. 5, 5) es una frase que me ha acompañado todo este tiempo, sobre todo de cara a la ordenación sacerdotal. Si la leemos en el contexto de la escena evangélica de la pesca milagrosa, vemos que Pedro ya había hecho todo: había trabajado, se había cansado y no había pescado nada. Humanamente no tenía sentido volver a intentarlo. Pero algo en la palabra de Jesús lo mueve a dar un paso más. No desde la seguridad, sino desde la confianza.
Y siento que ahí hay algo muy mío. Muchas veces no tengo todo claro, no veo todo el camino, pero hay una voz que me invita a confiar. Me siento totalmente desbordado por el regalo de un modo salesiano de vivir el sacerdocio; siento que mis fuerzas no son nada frente al don, siento que no hice nada para merecer semejante regalo. Y en medio de tantos miedos, de tantas dudas, aparece esta decisión sencilla y profunda: “Si Tú lo dices…”.
Echar las redes en nombre de Jesús, para mí, es eso: animarme a dar pasos que no siempre están asegurados, pero que valen la pena porque vienen de Él. Es confiar más en su palabra que en mis propios cálculos. Y es también salir al encuentro de otros, especialmente de los jóvenes, para compartir la vida y anunciar que Dios sigue estando, sigue acompañando, no se cansa de buscar, sigue apostando por cada uno.
Uno se anima a echar las redes porque primero fue alcanzado. Porque antes de buscar, uno fue buscado. Antes de elegir, fue elegido. Y eso cambia todo, porque este paso surge como respuesta a un amor primero, que me amó desde la panza de mi mamá hasta hoy, ininterrumpida e incondicionalmente.
Y lo que más me convoca de Jesús para renovar esa entrega cada día es su mirada: una mirada que no condena, que no descarta, que no se queda en la superficie. Una mirada que levanta, que confía, que ve más allá. Siento que Jesús mira así y que esa mirada es la que sigue llamando. Volver a esa mirada es lo que me sostiene y lo que me hace decir, una y otra vez: “Si Tú lo dices, echaré las redes”.

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