Por P. Pedro Narambuena, Zapala
Una vez más, no dejo de admirar a nuestra gente de la extensa meseta patagónica. Entre planicies y cañadones, por huellas que muchos nunca recorrerán, se llega a esos oasis de vida. Después de casi dos horas de viaje —subiendo, bajando y sorteando los grandes surcos abiertos por el agua de las tormentas— se van divisando los caseríos junto a un puñado de viejos árboles.
En ese paisaje, tan semejante en diferentes zonas de nuestra geografía, habita mucha historia y memoria que va quedando casi perdida, enterrada por el paso del tiempo. Si nos acercamos, hay mucho por descubrir y dejarnos interpelar; mucho por qué sorprendernos ante esos hermanos enraizados a su terruño con tozuda perseverancia, como los sauces.
Allí me encontré con Herminio, Juan y Ernesto. Tres buenos paisanos marcados por los años y por las luchas enfrentadas para cuidar las raíces donde sus antepasados acunaron la vida con sueños y esperanzas. Allí, casi como en un pesebre, Dios nos revelaba su cercanía despojada de toda apariencia. Ellos nos esperaban… y también esperaban a una fiambrera.
Nos recibieron tendiendo su mano con admiración en la mirada. Gracias a la radio, como ocurre en estos lugares, sabían que llegaríamos ese día. El motivo: celebrar una misa por su difunta hermana, Albertina, al cumplirse el primer año de su partida. Juan, el más joven, la había acompañado con devoción, dado que ella había quedado completamente ciega. Allí habían vivido sus abuelos y allí seguían ellos, fieles a su tierra.
Después de charlar un rato, partimos hacia el cementerio familiar. Ellos quisieron que celebremos la Eucaristía allí. Suele ocurrir que el “aquí cerquita” se va alejando a medida que avanzamos por la ladera de la meseta hacia el lugar elegido por sus mayores. Al llegar, lo primero que hizo cada uno fue derramar agua sobre las tumbas con un gesto de reverencia. En esa mañana luminosa, serena y sin viento, todo invitaba a la oración. El silencio y el paisaje parecían dispuestos a acompañar ese momento tan deseado por ellos, con la convicción de que era lo mejor que podían ofrecer. Al finalizar, su única preocupación fue encender una vela; cada uno buscó con paciencia el “reparito” y el lugar preciso.
Junto a este motivo sagrado, se sumaba el regreso al rancho de una fiambrera. Este objeto es vital en el campo para conservar los alimentos lejos de insectos y peligros. Habían pedido repararla de los daños del tiempo y la recibieron con la alegría de quien recupera un tesoro.
Una fiambrera —esa simple jaula de tejido fino para mantener fresca la carne— parece un viaje al pasado frente al desarrollo de tanta tecnología actual. Sin embargo, para ellos, ese objeto conserva la memoria de sus mayores y las vivencias de haber crecido con lo que allí se guardaba. Como diría un conocido autor, la fiambrera se convertía en signo, casi en un sacramento que evoca su historia familiar.
Pensando en la experiencia de estos hermanos, cabe preguntarnos: ¿Qué es lo que hoy conservamos, cuidamos y alimenta nuestra propia fraternidad? ¿Será que, con la eficiencia de la tecnología, vamos olvidando aquello que mantiene fresca nuestra hermandad?






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