El Papa León XIV visitó la Casa Generalicia y presidió la misa en la Parroquia Sagrado Corazón

(ANS) En el primer Domingo de Cuaresma, el 22 de febrero, y en el día de la fiesta de la Cátedra de San Pedro, el Papa León XIV realizó una visita pastoral a la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, en Via Marsala, en Roma, confiada a los Salesianos.

La celebración eucarística fue presidida por el Santo Padre y concelebrada, entre otros, por el cardenal Baldo Reina, Vicario General de Su Santidad para la diócesis de Roma; por el cardenal Giuseppe Versaldi, titular de la basílica; por don Fabio Attard, Rector Mayor de los Salesianos; por el párroco padre Javier Ortiz Rodríguez; junto con otros consejeros generales, sacerdotes, hermanos de la Casa Generalicia y colaboradores pastorales.

En la homilía, León XIV invitó a los fieles a vivir el tiempo cuaresmal como un camino de retorno a las fuentes de la fe, redescubriendo la gracia del bautismo. Partiendo de un paralelo entre el relato del Génesis y el Evangelio de las tentaciones de Jesús, el Pontífice puso en el centro el “drama de la libertad”: la tentación, antigua como el hombre, de pensar que la autonomía de Dios sea condición para la propia felicidad.

“¿Puedo realizar mi vida en plenitud diciendo “sí” a Dios? O bien, ¿para ser libre y feliz, debo liberarme de Él?”, preguntó el papa, indicando en Cristo el rostro del hombre nuevo, la revelación de una libertad que se cumple en el amor y en la obediencia filial al Padre.

Recordando la historia de la Basílica —querida por el papa León XIII y confiada a San Juan Bosco en un punto neurálgico de la ciudad, junto a la Estación Termini— el papa León XIV evidenció la clarividencia de aquella elección, hoy más actual que nunca.

“En pocos metros —observó el papa— se pueden tocar las contradicciones de este tiempo”: bienestar y pobreza, esperanza y violencia, deseo de trabajo honesto y tráficos ilícitos.

En este contexto, la parroquia está llamada a ser un verdadero “centro de atención cercana”, un lugar donde la Iglesia hace cercanía concreta, escucha y solidaridad activa. El Santo Padre animó a la comunidad a ser “levadura del Evangelio en la masa del territorio”, una pequeña pero luminosa llama capaz de llevar luz y esperanza en los pliegues más frágiles de la ciudad.

Después de la comunión, el párroco, P. Javier Ortiz Rodríguez, expresó los sentimientos de la comunidad parroquial, agradeciendo al Santo Padre por la visita y presentando el rostro concreto de la Obra del Sagrado Corazón. Refiriéndose a la ubicación de la parroquia junto a la Estación Termini, donde transitan aproximadamente quinientas mil personas al día y donde llegan incesantes peticiones de ayuda, definió la Basílica del Sagrado Corazón como un verdadero “Puerto”: un lugar de llegada, escucha y nueva partida para quien vive situaciones de desorientación, soledad o necesidad. Al término de su saludo, le obsequió al Santo Padre una imagen del Sagrado Corazón, de la artista Silvia Allocco.

“Quedaron en segundo lugar, lo siento”

Después de la celebración eucarística, en la Capilla de la Comunidad, el Santo Padre se encontró con los salesianos que prestan servicio en la Casa Generalicia, junto con el Rector Mayor. Fue un encuentro fraterno, sencillo y profundo, en el cual se respiró el espíritu de Don Bosco y el afecto filial hacia el Sucesor de Pedro.

El Rector Mayor recibió al Santo Padre, que expresó en nombre de todos los hermanos la alegría y la gratitud por la visita, “fuente de bendición, de valor y de esperanza”.

Recordando la historia de la Basílica del Sagrado Corazón, el Rector Mayor evocó el encuentro del 5 de abril de 1880 entre el Papa León XIII y Don Bosco, cuando el Pontífice confió al Santo la construcción del templo. Frente a la vacilación del papa —consciente de las dificultades económicas de la congregación— Don Bosco respondió: “El deseo del papa es para mí una orden”.

Y al comentario del Pontífice, que no había podido ofrecer sostén económico, Don Bosco replicó: “A Su Santidad yo no pido dinero: imploro solamente la apostólica bendición y aquellos favores espirituales que pudieran favorecer la congregación”.

Aquel diálogo, subrayó el Rector Mayor, es para los salesianos un paradigma permanente de devoción al Santo Padre y de disponibilidad plena a la misión de la Iglesia. Hoy, como entonces, la Congregación renueva la propia fidelidad “Cum Petro et Sub Petro”, caminando con renovada energía en el surco trazado por el Concilio Vaticano II.

Con particular emoción, el Rector Mayor transmitió luego al Papa los saludos de los hermanos que trabajan en zonas de guerra y conflicto. “Estamos unidos a ellos, rezamos por ellos, asegurando de todos los modos nuestra cercanía humana y espiritual”, afirmó, pidiendo para todos la bendición del Santo Padre.

Por su parte, el Papa León XIV quiso iniciar con las palabras del Evangelio de Juan (20,30-31), inscritas sobre el ambón de la capilla: “Jesús, en presencia de sus discípulos, hizo muchos otros signos que no han sido escritos en este libro… estos han sido escritos para que crean”.

“Entre tantos signos que no han sido escritos —añadió el Papa— está la vida consagrada. Y sinceramente quiero decirles: está la comunidad salesiana”. Con estas palabras, el Santo Padre reconoció en la Congregación un signo vivo y actual de la presencia de Cristo en el mundo: un signo quizás no “escrito” en los libros, pero profundamente grabado en el corazón de Jesús. Un signo que continúa manifestándose a través del servicio generoso a los jóvenes, especialmente en los contextos marcados por guerra, pobreza y conflicto.

En un clima de gran sencillez, el papa León XIV compartió también un recuerdo personal: de joven, antes de entrar a los Agustinos, visitó una comunidad salesiana. “Quedaron en segundo lugar, lo siento”, dijo con una sonrisa.

Y añadió que, en los primeros diez meses de pontificado, visitó más comunidades salesianas que agustinas.

El Santo Padre valoró el carisma salesiano, subrayando la riqueza del servicio educativo y pastoral hacia los jóvenes, y animó a los hermanos a vivir el espíritu del Sagrado Corazón de Jesús sobre el ejemplo de Don Bosco: un espíritu de amor operoso, de dedicación y de alegría. “Caminemos juntos, unidos en la Iglesia, unidos en el Sagrado Corazón de Jesús”, concluyó.

Al término del encuentro, el Papa impartió su bendición a los hermanos presentes. Sucesivamente, con gran atención y paternidad, saludó a cada uno personalmente, deteniéndose a intercambiar una palabra y a donar la propia bendición individual.

Fue un momento de gracia intensa, vivido en la sencillez de una familia religiosa que renueva el propio amor al Papa y a la Iglesia. En el corazón de la Casa Generalicia, junto a la Basílica querida por León XIII y construida por Don Bosco, se renovó un lazo histórico y espiritual que continúa sosteniendo la misión salesiana en el mundo: servir a los jóvenes, especialmente a los más pobres, como signo concreto del amor de Cristo.

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