Instituto Superior Juan XXIII – Universidad Salesiana: “somos mucho más que dos”… Ser casa salesiana

“Si te quiero es porque sos mi amor, mi cómplice y todo. Y en la calle codo a codo, somos mucho más que dos”.

Este poema de Mario Benedetti, a pocos días de haberse recordado el centenario de su nacimiento, nos marca un camino y nos explica.

Juan XXIII y Unisal, amor, complicidad bien entendida, es decir no en el sentido de apañarse o justificarse si no de complementarse y potenciarse y fundamental, se mucho más que dos en la calle, codo a codo.

¿Qué es ser mucho más que dos? Y aclaro que es “mucho más que dos” y no “muchos más que dos” y la explicación sobre qué es ser mucho más que dos puede radicar en ser uno para todo aquello que nos une, pero también ser más cuando hace falta y vaya si hace falta.

“Te quiero porque tus manos trabajan por la justicia”, dice Benedetti. Más que nunca, aquello que creemos justo, está en tela de juicio en medio de este sálvese quien pueda y cómo pueda.

Por eso queremos y necesitamos consolidar esta unión, este contacto, esta cercanía, este codo a codo, este espalda con espalda, en un tiempo en que nuestra posibilidad de supervivencia pareciera estar condicionada justamente a todo lo contrario.

A la distancia, al reparo, al cuidado, a la lejanía como forma de protección…

Y así vamos, como quien viaja en medio de una tormenta de esas que parecen una explosión del mismísimo Dios.

Sin embargo, como en toda tormenta hay relámpagos y esos relámpagos que desafían esa oscuridad suprema y terminante, nos muestran así fantasmagóricos de amor.

Y es con esos flashes que nos dan indicio por un milisegundo de por dónde está el otro y podemos seguir adelante, por más que a cada paso se hunda el lodo y nos salte un reptil y nos dé la sensación de que acechan otros diez.

Eso como si cada segundo de esta pesadilla colectiva fuera el cobro, carísimo, de aquello que para bien y para no tan bien, resultamos ser.

Pero esto tiene que ser visto como una expedición en la que no hay vuelta atrás.

El otro día veía una serie sobre un viaje a Marte y a los expedicionarios la posibilidad de volver les está vedada. No es un deseo, no es una opción, no es una alternativa: es hacia adelante o nada.

“Te quiero por tu mirada que mira y siembra futuro”, dice el poema de Benedetti. Y esa es la mirada que los unos necesitamos de los otros para ser cada vez más nosotros. Porque lo que uno ve, puede que no lo vea el otro, pero sin dudas que los ojos de todos apuntan siempre en una misma dirección.

Por eso, como en toda expedición, aquí hacen falta quienes se ocupen de cada tarea: de amarrar las velas, de engrasar los malacates para que no pierdan fuerza y sostengan las sogas con firmeza, de aprovisionar a los que tienen que poner el cuerpo, hasta de mantener vivo el espíritu de la tripulación con un poco de poesía.

Todo hace falta: solo con los que hacen fuerza no alcanza. Tampoco con los que tocan la guitarra para entretener a la tropa.

Todo nos hace falta para mantener el don de sobrevivir. No podemos desperdiciar nada ni dejar de exprimir cada recurso.

Es que primero fuimos los heraldos de las buenas nuevas del Señor, pero está visto que tal vez excedimos el mandato y ahora todos cargamos el peso del dolor y la incertidumbre de sentirnos como ángeles caídos en el mismo piso en el que están aquellos a los que fuimos a socorrer.

Y me pregunto si esa caída no habrá sido provocada por aquellos que tienen temor de que a nuestros propios hijos, a los jóvenes a los que nos debemos, les enseñemos a volar…

 “Te quiero porque tu boca sabe gritar rebeldía”, dice el poema. Y si: nos hace falta gritar rebeldía y ejercerla. En paz, pero también con firmeza y con certeza de que no nos cierran muchas cosas de este mundo y ser lo que somos es nuestra manera de expresarlo… y esa rebelión no es en silencio ni desde una heroica resignación, si no que se puede gritar a los cuatro vientos, con la fe de quien cree.

Por eso, por más que sean horas en las que el planeta no hace más que contar fronteras y obstáculos hacia cualquier dirección, no perdamos de vista que podemos haber confundido alguna estrella, pero no podemos dejar de tener en claro cuál es y hacia dónde está el Sol.

Nuestros cuerpos tienen que sortear mil leyes y cientos de normas para cambiar de lugar, pero no por eso nuestro sueño, rey entre reyes, tiene que resignarse a dejar de andar

Contamos larga lista de “todavías”, marginados de un mundo que hacemos, padecemos y no vivimos.

Cada confín que nos imponen es un agravio a nuestro sudor, a nuestro sueño, a nuestro mandato de alma y de sangre.

Cuenten: fronteras de tierra, fronteras de mares, fronteras de arena, fronteras de aire, fronteras de sexo, fronteras raciales, fronteras de sueños y de realidades.

Fronteras famosas, fronteras quemantes, fronteras fastuosas y otras fronteras de hambre y de oprobio. Fronteras legales, de odio, infames, en especial para aquellos países pobres con habitantes de pieles mejunje y gobiernos casi proscriptos

A este paso, si no hacemos realidad esto de ser mucho más que dos, podemos convertirnos en firmes candidatos al inventario de la omisión.

Y todo por no ser “globalizables”, por preferir el barrio al centro, por anteponer salud a economía, por entender que ganar, ganar y ganar no puede ser lo único porque en todo juego debe caber la posibilidad de perder alguna vez. Es parte de su esencia y no puede ser un drama o una condena perder. Sí una enseñanza.

“Por tu rostro sincero y tu paso vagabundo. Y tu llanto por el mundo. Porque sos pueblo, te quiero” y nosotros tenemos que SER PUEBLO, en un sentido que es mucho más que político o demagógico. Ser pueblo en el sentido de que somos capaces de anteponer el TODOS al YO y no sólo porque queremos ser buena gente, sino porque no hay otra opción. Es increíble y duele que todavía haya quienes no se han dado cuenta de ello, aún en una situación tan tremenda como esta que nos toca sobrellevar.

Quienes reclaman que las reglas sean para los demás y las excepciones para uno. Quienes explican las pérdidas ajenas y las justifican, pero no se resignan a las propias. Ni un poquito, sin entender de que si no se asume esto de que a todos nos toca perder, podríamos llegar a un punto en el que no quede no a quien ganarle, sino contra quien jugar o competir.

No depende de nosotros si estas fronteras con las que pretenden regir a los sumos lugares para dejar a unos cuantos del lado de afuera de los muros, tangibles y siempre infranqueables, son perpetuas o logramos que tan solo provisionales.

Por eso mismo los convoco a que nos respondamos juntos qué se puede hacer cada mañana  cuando se ve amanecer y se renueva la certeza de que la vida es una larga caminata por hacer.

¿Qué se hace si esa hora es al mismo tiempo rara, porque todos nos levantamos desde hace unos meses y nos preguntamos si esto lo estamos viviendo de verdad o si lo habremos soñado, pero también se nos va haciendo cada vez más familiar?

“Y porque amor no es aureola, ni cándida moraleja”, dice Benedetti. Aquello que tanto nos han enseñado de que la santidad por ejemplo de Don Bosco no estaba en llevar una diadema luminosa en la cabeza… para nada.

La santidad de Don Bosco estaba en la calle, en la lucha contra la desigualdad, en la demostración de que no sirve combatir una injusticia con otra, pero tampoco resignarse a que el más poderoso siempre se salga con la suya.

“Y porque somos pareja que sabe que no está sola”… dice Benedetti. Instituto y Universidad, pareja, indisoluble hasta que la muerte los separe, pero no porque lo diga un papel si no porque lo marca el tremendo sentido que tienen sus respectivas existencias en el aquí y el ahora, sustentado en tantos resultados decisivos para la historia de esta parte del mundo y, al mismo tiempo, siempre proyectado en función de un futuro que nos necesita.

Futuro… futuro… Si a veces hasta se advierte cuando se logra hacer un silencio de todo el ruido con que nos abruman que hay una voz que se acerca y al oído nos cuenta todo lo que va a pasar.

¿Qué se hace si las nubes nos dibujan por doquier que este sueño que supimos, que sabemos y que aún está por saberse, todavía nos espera, a pesar de todo, más que nunca?

Sueños de la copa a la raíz, sueños de barrio, sueños de ciudad, sueños de país, que se resisten a volver a ser muchas tribus para seguir siendo una nación, aun con todo lo que no salió bien.

Esta palabrita supuestamente políticamente correcta de la “tolerancia” y aun así, mucho más dicha que practicada, si es que realmente cabe esto de “tolerar al otro” y no tan sólo aceptarlo.

La pregunta final y definitiva entonces es qué se hace una mañana como esta cuando podemos darnos cuenta de que todo lo que fue es tan sólo una migaja de lo que podría ser.

¿Qué se hace? ¿Qué se hace? Primero que nada respirar… y con ese sorbo de aire que todavía nos queda y que es nuestro y está limpio y saludable, ponernos de pie y volver a caminar.

“Te quiero en mi paraíso, es decir que en mi país, la gente viva feliz aunque no tenga permiso” y he aquí el más tangible paralelo entre esta poesía de Benedetti y nuestra realidad: Nosotros somos de aquí, no queremos ser de otro lado. No estamos pensando en irnos si no en quedarnos cada vez más.

Este es nuestro paraíso… y también somos nosotros el permiso para la felicidad de muchas personas. De los jóvenes que se acercan y de sus familias. Mucho más si entendemos como felicidad a encontrar un sentido, una motivación, una posibilidad de crecer y realizarse uno en función de ganarse el propio sustento en servicio del prójimo.

Por eso la pregunta: ¿Qué se hace? ¿Qué se hace? Primero que nada respirar… y con ese sorbo de aire que todavía nos queda y que es nuestro y está limpio y saludable, ponernos de pie y volver a caminar.

Codo a codo, siendo mucho más que dos.

 

 

Adrián Mandará
Director General
Casa Salesiana de Educación Superior
(Instituto Superior Juan XXIII – Universidad Salesiana)

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