Cuatro muchachos y un sueño

Un trozo de papel escrito por un muchacho de solo 17 años, es la muestra más conmovedora y preciosa de los inicios de nuestra historia.

Queridos amigos del carisma de Don Bosco, poco antes del momento en el que he comenzado a escribir estas líneas he celebrado la Eucaristía, junto con el Consejo General de la Congregación Salesiana (Salesianos de Don Bosco), nelle “Camerette”, es decir en un espacio que fue habitación y capilla con un altarcito de la época, donde él celebró las últimas eucaristías en Roma, hasta el 17 de mayo de 1887. Moriría en Turín pocos meses después, en aquel 31 de enero de 1888.

Y mi pensamiento voló por unos instantes no tanto a esas últimas eucaristías celebradas por Don Bosco en aquella estancia, cuanto al origen sencillo, improbable, aparentemente sin mayor futuro, inesperado, de lo que hoy es la Congregación Salesiana en el mundo.

Quiero hablarles y compartirles en este mes de Don Bosco este “milagro” fruto del Espíritu Santo.

Tengo en mis manos un documento histórico que es un trocito de papel de 10,5 centímetros de largo por 5 de ancho escrito por un joven muchacho del Oratorio de Valdocco. El autor es el joven Miguel Rúa. Y en ese pequeñísimo trocito de papel ha escrito lo siguiente:

“La sera del 26 gennaio 1854 ci radunammo nella stanza del Sig. D. Bosco; Esso Don Bosco, Rocchietti, Artiglia, Cagliero e Rua; e ci viene proposto di fare coll’aiuto del Signore e di S. Francesco di Sales una prova di esercizio pratico della carità verso il prossimo, per venirne poi ad una promessa, e quindi se parrà possibile e conveniente di farne un voto al Signore. Da tal sera fu posto il nome di Salesiani a coloro che si proposero e si proporranno tale esercizio”.

De los cuatro, tres (Rocchietti, Cagliero y Rua) llegaron a ser salesianos.

Es admirable que este pequeñito ‘verbale’ haya llegado hasta nosotros, pero lo realmente admirable y prodigioso es el hecho de que la intuición y visión de este gran hombre santo que es Don Bosco, con un corazón lleno de pasión educativa y evangelizadora hacia sus muchachos, el Espíritu Santo haya hecho fructificar aquel primer encuentro con cuatro de sus muchachos, hasta la Congregación y Familia Salesiana que hoy está extendida en 136 naciones del mundo, para cuidar de los muchachos, muchachas, adolescentes y jóvenes, siendo todos ellos nuestra prioridad.

De la nada ha crecido un hermoso árbol. Un árbol que hoy cuenta con millares de amigos y amigas bienhechores gracias a quienes podemos hacer tanto bien. Un árbol que cuenta con miles y miles de laicos que comparten el carisma de Don Bosco y que cada día trabajan en las casas de toda la familia salesiana en el mundo.

Sin ningún triunfalismo e invitando siempre a tomar conciencia de nuestra responsabilidad, digo tantas veces a mis hermanos y hermanas en el mundo que somos custodios de un gran Tesoro que no nos pertenece, que es un Don del Espíritu Santo a la Iglesia por el bien de niños, niñas y jóvenes, pero que debemos custodiar y hacer fructificar, como con los talentos del Evangelio. Esta es nuestra gran  responsabilidad, ya que imaginar hoy una Iglesia y un mundo sin los hijos e hijas de Don Bosco en medio de los jóvenes sería difícil, o al menos le faltaría esa predilección dada a ellos por el “Padre y Maestro de la Junventud”, como lo declaró san Juan Pablo II.

Quería amigos lectores compartir con ustedes este pequeño detalle, el del inicio de esta realidad, a partir de cuatro muchachos de los muchos que había ya en el Oratorio del Valdocco en aquel año, ya que entre otras cosas Don Bosco tuvo la ‘genialidad’ de fundar su Congregación a partir de sus propios muchachos.

Aprovecho estas líneas y esta página en los boletines salesianos del mundo y en tantas lenguas para decirles a todos ustedes ¡Gracias en nombre de Don Bosco! por la simpatía que ustedes tienen hacia su carisma, su sueño, y todo lo que fue la razón de su vivir: Jesucristo el Señor y los jóvenes.

Que nuestro santo fundador les bendiga. Con afecto.

Fuente: infoans.org

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